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viernes, 14 de abril de 2017

Las sargas de Fuente Encalada.


De forma automática e incorregible, nuestro calendario universal cambia el paso para la Semana Santa, cristiana, vacacional y espiritual por excelencia. Todo porque tres jueves en el año sigan reluciendo más que el sol; todo porque la luna esté presente, en plenitud, en el recuerdo de la muerte de un inocente. Ninguna otra historia ha arrojado más tinta al papel; ninguna otra solemnidad ha cambiado tanto la rutina anual a creyentes, seguidores de otras religiones, indecisos, o… iba a escribir “rebeldes”, pero me lo callo; dejémoslo en ateos.

Vidriales se prepara, cada vez con mayor trabajo, para seguir la tradición. No es la falta de devoción, es la despoblación quien arruina nuestros actos ceremoniales. Los templos se continúan abriendo para apenas decenas de fieles, cuando siempre se recuerdan llenos; ahora también nuestros seres queridos, quienes nos iniciaron en estos ritos, vuelven a nuestro lado con su falta de presencia. En un futuro cercano, y cómo me gustaría equivocarme, ni siquiera la Iglesia abrirá, perdiéndose un impresionante patrimonio artístico y cultural, y un temido solar de insensibilidad acampará en muchos de los pueblos.

Por esto es tan de agradecer el esfuerzo de unos pocos en alargar en cuanto se pueda la agonía rural; y para muestra un botón, en el pueblo de Fuente Encalada. Han hecho memoria, y hablan de 60 años, quizás más, que no se exponía el Monumento completo, unas sargas del artista José de Silva, confeccionadas en lino sobre un rollo de madera, y pintadas en un año cercano a 1884, por la firma en sus sargas hermanas de Rosinos de Vidriales. Solamente dos de estas piezas se han usado desde entonces, frente a las puertas, para cumplir la misión a la que fueron encomendadas.

Ha sido un trabajo dificultoso, no me cabe duda, parece ser que algunas poleas no han resistido el paso del tiempo y el peso del armazón, hasta el punto de padecer un pequeño accidente uno de los voluntarios. De los 5 lienzos han montado 4, el más adelantado fuera de lugar, por tanto ha sido imposible adecuar el quinto, que cierra el vano del arco del presbiterio sobre el cuarto. Pero aún así podemos contemplar esta obra de arte efímero, que se encuentra en un excelente estado de conservación, mucho mejor que las de Rosinos.

Unas sargas que ocultan uno de los retablos más valiosos artísticamente hablando del valle Vidriales. Es una obra renacentista tardía de Bartolomé Hernández, colaborador y cuñado de Gaspar Becerra, quien fuera maestro entallador del retablo mayor de la Catedral de Astorga. Colaboraron también con Bartolomé oficiales reconocidos, como Diego de León, o Pedro Brelava, para este trabajo que nos retrotrae a unos comienzos en 1580, y concluye en 1591 con los últimos pagos, total 45 ducados. Posteriormente, se doró y pintó en 1657 por Juan Antonio Delgado, vecino de Ponferrada, necesitando 24.000 panes de oro y cobrando por los trabajos 9.000 reales. En el centro del retablo y centro de importancia, un pintor local vecino de Fuente Encalada, Antonio de Castro, doró y estofó la Custodia o Sagrario, por 540 reales.

No es fácil conocer el precio de las sargas de José de Silva, pero él seguro que sabía perfectamente el valor de lo que le habían encargado ocultar; de ahí su esmero en la composición y calidad de este trabajo que cumple aproximadamente 133 años, discurriendo por distintas manos y tratos, hasta la exposición de este año. De la misma forma que los voluntarios sabiendo el valor de lo que representa, lo han desempolvado y montado cuidadosamente para disfrute de cuantos admiramos arte y respetamos religiosidad.

Y todo para 3 días de actividad, recorriendo escenas de tristeza, incertidumbre y alegría con unos cambios de decorado y de ánimo difíciles de detallar. Buen trabajo, y que no decaigan las ganas de continuar lo que nos han enseñado. 

Hasta el año que viene, cuando diga la luna.


















domingo, 9 de abril de 2017

Y a quien no madruga… también le ayuda.


Con permiso, si me escuchan,
a esta historia he puesto versos;
la moraleja es muy chula,
atentos, que al punto empiezo.

En Congosta había una industria
en la que era carpintero,
molinero, y otras muchas
más cosas el ti Silverio;
hombre de mucha cordura,
un trabajador, honesto,
los vivos así lo juzgan,
no porque el hombre esté muerto.

Un tal día tuvo pura
necesidad de repuesto:
a La Bañeza y sin duda
pensó ir temprano por ello,
antes que la gente bulla,
y así volver pronto al pueblo.

Cuando todo se arrebuja
bobada es poner talento,
y a Silverio la aventura
truncó el sueño mañanero:
despertó e hizo alguna jura,
y acordó salir corriendo,
- “hoy menda no desayuna,
lo haré dos veces comiendo”.

Salió de la Congostura,
quería clarear el cielo,
se ajustó las vestiduras,
y presto enfiló el sendero,
alternando con soltura
las dos marchas de su cuerpo:
caminando deprisa, una,
y en la otra andaba ligero.

Relevó a tiempo a la luna
el sol, como un caballero,
alumbrando la bajura
donde el pontón del Palero,
cuando vio entre la espesura
una cartera en el suelo,
sin nombre que hiciese suya,
y con bastante dinero.

Solo estaba, qué ricura,
comprobó girando el cuello;
la chaqueta con mesura
entreabrió e hizo adentro
del bolsillo su fortuna,
y aflojó el paso contento.

Y por arte de una musa
le vino este pensamiento:
-“Quien madruga Dios le ayuda,
pero Dios por lo que veo
le ayuda al que no madruga
bastante más que al primero”.

Si alguien de mentir me culpa,
esto fácil le sugiero:
diríjase al “Hotel Rural
el Molino”, de sus nietos,
y si quiere allí pregunta,
y toma algo, por supuesto.

------ETJ------


miércoles, 29 de marzo de 2017

El secreto del cantero, en el cuarto milenio.


La carretera LE-ZA 110, o ZA-LE 110 (tanto monta), cruza el valle de Vidriales Norte-Sur, o Sur-Norte (monta tanto), con un par de “trucos”. Recalco tanto lo de una cosa u otra por el primero de ellos: en sus 34 kilómetros y pico solamente hay 17 postes kilométricos en sentidos opuestos, lo que indica que los señores que están al cargo de las carreteras no se pusieron de acuerdo dónde sale y dónde termina, y por tanto dónde comienzan a contar los kilómetros. Así que aplicaron el truco de Salomón, comenzar a contar por los extremos, y que sea lo que Dios quiera. El segundo truco fue usar a su paso por el valle como firme la calzada Asturica Augusta-Brácara Augusta, mirad si eran holgazanes; de ahí viene el dicho de “eres más vago que la chaqueta de un caminero”. En su defensa diré que realmente discurre por menos trozos de los que cabría pensar, aunque hace unos años la señalizaran con miliarios como si fuera la original.

En la misma frontera de las dos provincias, en las inmediaciones de los kilómetros 17, llama la atención en dirección Este una sierra con mucha historia prerrománica a sus espaldas. Si es una montaña bella de por sí, ahora plantada de “molinos” hace que inevitablemente volvamos la vista al pasar, atraídos por el movimiento. Es como el truco del rabo de lagartija; por voluntad propia este animal sin defensas se desprende de la última parte de su cola para embobar al depredador y correr a esconderse. Cuidado al conducir, este truco puede tener consecuencias peligrosas reales.

Y ya que hablamos de trucos, voy a desvelar uno de cuarto milenio, y no, no es el de Iker Jiménez. Un cuarto milenio, o sea, 250 años hace que se terminó la torre del Santuario de la Virgen del Campo según dejó grabado el cantero en las últimas piedras, con un 17 en sus primeras cifras: 1767. Este templo está situado en el corazón de Vidriales, en el cruce de la carretera de los dos 17 (en parte la vía romana 17 de Antonino) con la carretera que baja el valle paralela al Almucera, la ZA-P-2554, coincidiendo en muchos sitios con otra calzada romana, la Vía Lusitania-Petavonium. Ésta carretera comienza en Cubo de Benavente y termina en Colinas de Transmonte, quedando el Santuario exactamente a 17 Km. del principio, casualidades que bien merecen un cuarto milenio de la tele un año como éste: 2017.

El Santuario de la virgen del Campo es sin duda el edificio más fotografiado del valle, porque ciertamente es hermoso, armonioso, esbelto… Siempre me ha llamado la atención el campanario, de una altura muy adecuada al tamaño del templo. De la misma época y estilo es la torre del Santuario de la Virgen de Castrotierra, y para mí la afea su demasiada altura. Esta torre vidrialesa esconde un truco encontrado por casualidad, algo dejado a propósito por el hábil arquitecto que la diseñó, muy probablemente el mismo maestro cantero que supervisó y trabajó en la construcción de esta obra de arte. A media altura, en el lado sur, un reloj de sol marca la precisión del medio día, y aproximadas otras “horas” anteriores y posteriores. Es un “reloj de misa”, y se pueden ver en muchos edificios religiosos; simplemente es un objeto curioso, sin más. A la misma altura, en medio de la parte oeste, pero en un lugar poco apropiado por desproporción podemos ver una hermosa ventana, la más bonita del edificio que además señala una fecha, seguramente la de comienzo de la torre: 1750. Debería estar mucho más alta, casi a la altura de las pequeñitas ventanas de las partes norte y sur. Algo tuvo que pasar para abrirla ahí, para que la estética tenga menor valor que su objetivo. El primero que cabe pensar es el de iluminación, y sigue estando baja; otro podría ser el de usarla para otear, y para eso están los ventanales de las campanas. No, y repito, la casualidad descubrió “el truco del cantero”.

Hace algún tiempo me fijé que el sol del atardecer entra por la ventana, como es obvio, pero también por la puerta, iluminando el interior del templo por algunos minutos. Comenté esta curiosidad con alguna gente, y mi hipótesis al respecto, algo que se debería comprobar en una fecha que señalé en el calendario, a una hora más o menos calculada con sencillez.

Pues he aquí que llegó el día, y me lo recordó quien también me acompañó como testigo y colaborador en el descifre del enigma, Alberto Acedo, quien además gusta de participar en cuanto se organiza en el Santuario. Con el permiso correspondiente abrimos la puerta del campanario y en cuestión de minutos se produjo el “milagro”: la luz del sol entra por la ventana, coincide con la puerta del campanario y se estrella en medio del altar mayor, o antiguamente, cuando el cura decía la misa de espaldas, justo en medio y a los pies del retablo. Estamos ante un efecto conocido como “la luz equinoccial”.

¿Cuándo se produce? Los días del equinoccio, hacia el 20 o 21 de marzo y el 22 o 23 de septiembre de cada año, y pocos días anteriores y posteriores.
¿Cómo se produce? Hacia las 5 horas solares de la tarde del reloj de misa, (o las 17 horas, mira, otro 17), momento en que el sol ilumina únicamente en la torre la cara oeste, se deja de ver el reloj de sol, y el templo se alinea con el astro rey. El cantero calculó la altura de la ventana, de la puerta, y la distancia a la parte más baja del retablo mayor y su centro para crear el efecto mágico de la luz.
¿Por qué este empeño? Es conocida la importancia del equinoccio en la Iglesia Católica; recordamos que el Domingo de Pascua, la fiesta principal del cristianismo, es el primer domingo después de la luna llena tras el equinoccio de primavera.

Y quizás haya una explicación mucho más sencilla. El maestro sabía de la vida que da la luz del sol; incluirla en su edificio era como dotarlo de vida para siempre. El próximo equinoccio de otoño celebraremos el cuarto milenio aniversario de la torre con un fin de semana especial: del 22 al 24 de septiembre propongo abrir al público el Santuario, y quien sabe, quizás entre todos descubramos el nuevo secreto que Alberto y yo creemos haber intuido, un detalle que mejora la alineación con muchísima mayor precisión.

Hemos necesitado de un cuarto milenio para descifrar el secreto del cantero, y estoy convencido que ese era su deseo. Me lo imagino allá donde quiera que esté con una sonrisa de oreja a oreja, satisfecho de un trabajo que sigue vivo cada año por dos veces, con exactitud hasta la eternidad.















sábado, 4 de febrero de 2017

El retablo que pudo ser, y no es.


Mi buen amigo, José Antonio Ordóñez, incansable investigador del Archivo Diocesano de Astorga y sabedor de mi afición por estos temas, ha encontrado y me ha hecho llegar las fotocopias de unos documentos de finales del siglo XVI que hablan de Ayoó de Vidriales. El tipo de escritura me parece preciosa, regular, artística, pero solo apta para expertos en paleografía, yo tras cansar la vista no he podido leer más que media docena de palabras. Por medio del amigo de otro amigo (viva la amistad), por fin tengo la traducción, una curiosidad más que deseo compartir en este blog.

Encabezan los documentos firmados en la ciudad de Astorga las fechas, 16 y 24 de diciembre respectivamente de 1594, aunque este último refiere otro contrato, ante Francisco Miguélez, un escribano “vezino de la uilla de Ayo”, “a veinte e nuebe días del mes de henero del año pasado de mill e quinientos e noventa e vno”.

En el primer documento, el escribano Hernando de “Rrabanal”(notario eclesiástico), ante el entallador vecino de Astorga Juan López, describe el contrato para que éste haga una Custodia y un retablo para la Iglesia Parroquial. Pero deja escrito que “su señoría del señor del señor Obispo, mandó que primero, ante todas cosas, hiçiese la custodia para que en ella estubiese el Santísimo Sacramento”. La Custodia es lo que conocemos como Sagrario. Luego comienza a describir el conjunto, que tiene que ser de “buena madera de nogal” y “tallado de figuras y tallas”, con “colunas corintias en el cuerpo de abaxo, y tres pilares y sus tercios tallados con Christo y San Juan y María y San Pedro y San Pablo a los lados y un friso de talla entre cornixa y a alquitrabe, y toda la más talla que fuere necesaria”. Prosigue “en el cuerpo primero y enzima del cuerpo, quatro ebanxelistas y dos coronaciones y dos virtudes sobre el frontispiçio. y en el cuerpo de arriba seis colunas con sus tres pilares y terçios tallados y tres figuras en sus caxas. El la delantera vn Eçe Homo y, a los lados, dos longinos y su friso tallado. Y, enzima del segundo cuerpo, quatro ninos con las ynsinias de la Passión y sus coronaciones, y un Christo cruzificado por rremate.

Es muy difícil imaginarse tal profusión de detalles, aunque por las dimensiones del muro sobre el que iba destinada esta obra de arte está claro que todo sería representado en tamaño generoso.

Continúa el documento con lo que parece el motivo de solicitar el servicio del escribano. El entallador Juan López se compromete a terminar el trabajo de la Custodia en tres meses a partir de esta fecha, y como no ha dado fianzas para cumplir con su parte por el dinero que ya había recibido “dijo que se obligaba e obligaba e obligó, con su persona e bienes muebles e raíces, abidos y por aber, de hacerla (…) vien hecha e acabada e puesta en toda perfiçión, a vista e tasaçión de ofiçiales y personas que lo entiendan”. El escribano nombra los dos fiadores “y todos tres, juntamente, prençipal e fiadores, de mancomún, a boz de vno y cada vno dellos por si e por el todo insolidun (palabra que significa obligación de varias personas cada una de las cuales responde por la totalidad ante el acreedor)…”, y vuelta otra vez a incluirlos a todos con sus bienes muebles y raíces, y en caso de no acabarla por cualquier motivo, a su costa se buscarían “ofiçiales que la hagan e acaben (…) todo ello, e mas las costas, daños e yntereses que se le siguieren e rrecresçieren”. A la otra parte le exige le sea pagada “de los vienes e rrentas de la dicha yglesia, caydas e que cayeren de aquí adelante” según se estipuló en el contrato del año 1591, “de la manera que se le fuere pagando el dicho rretablo, se a de yr pagando la dicha custodia”. Luego dice que se someten a la sentencia del juez en caso de incumplimiento, firman y rubrican ante cuatro testigos, por último firma y rubrica el escribano, y pone el precio al documento: “Derechos vn rreal”.

El segundo documento, de fecha 24 de “diziembre”, ante Andrés Becerra, “escriuano rreal por el rrey nuestro señor en todos sus rreynos e señoríos, e público por la autoridad appostólica (…) paresçió presente Juan López de Losada” porque “las fianzas que dio ante el dicho Hernando de Rrabanal no se satisfizo el mayordomo de la dicha Yglesia y pidió que se le diesen más”. El entallador vuelve a comprometerse a terminar la Custodia, esta vez en dos meses y medio, y aporta nuevos fiadores: Hernán Pabón y Gerónimo de Salazar, pintores, Luis de Vena, entallador, y Domingo de Laguna, platero, quienes se declaran de nuevo cumplidores “por sí ynsolidum”. Luego se repite, el caso de no terminar la obra, la devolución y restitución “a la dicha yglesia de la dicha villa de Ayo, e sus mayordomos en su nombre, todos los maravedís, pan e otras cosas que, para en quenta de ella, el dicho Juan López vbiere recibido e conste por sus zédulas y rresçibos…”. Firman todos al final y vuelve a aparecer el precio: “Cobré de derechos de esta fiança rreal y medio”.

Juan López de Losada fue colaborador de Gaspar Becerra en el retablo mayor de la Catedral de Astorga, junto a Bartolomé Hernández, el maestro de obras destacadas en el valle de Vidriales (Fuente Encalada y Bercianos de Vidriales), compañero de otros autores de la escuela de Becerra que dejaron aquí su huella (San Pedro de la Viña), o el arriba mencionado fiador Luis de Vena, entallador, creador del retablo mayor de la Iglesia de Grijalba de Vidriales, edificio declarado BIC en 1982. También, aunque no lo llegara a ejecutar, a Juan López le habían encargado la Custodia del retablo mayor de la Iglesia de Nogarejas, en 1569 ante el mismo Hernando de Rabanal, trabajos que no inició por duplicidad de contrato; lo que indica cierto renombre y seriedad en el trabajo, además del respaldo de un equipo extraordinario de maestros.

Digo esto porque no hace falta ser experto en arte para comprobar que nada de lo descrito en ambos documentos se ajusta a la actual Custodia y retablo. El valor del conjunto es irrefutable, aunque me parece estrecho para el lugar destinado, pero sin duda por las formas es mucho posterior; la fecha en el que se doró y pintó, 1818. Nunca he oído o visto noticias de un anterior retablo, y de haberlo habido, las causas de su sustitución. Desde luego que por la formalidad del encargo, la calidad de aquellos seguidores del maestro Miguel Ángel Buonarroti, y por las descripciones dadas, se ha perdido una obra del evolucionado renacimiento, del manierismo romano tan presente e importante en Astorga y en nuestro valle. El porqué sería curioso saber.







Firma de Juan López de Losada.


lunes, 30 de enero de 2017

San Bartolo y los Templarios


Hace ya unos años (cómo pasa el tiempo), publiqué un artículo con la explicación de la imagen de San Bartolomé, la que está en lo más alto del retablo mayor de nuestra Iglesia. Hoy, tras un encargo y el posterior examen detallado de la imagen, desde mi humilde punto de vista, toca rectificar. Nada de lo dicho parece cierto, en parte por la falta de algunos detalles por pérdida, que no creo, o por retirada por considerarlos ofensivos para el lugar destinado. En la mano derecha sustenta una larga cruz, como si fuera un bastón; no tiene absolutamente ningún sentido, lo mismo que la cruz que le colocaron a su vecino San Antonio Abad, ambas pintadas de colorado. San Bartolomé, en su mano derecha, mostraba su atributo más conocido, el cuchillo; no concibo su retirada y cambio, es más, me gustaría su reposición. La mano izquierda también induce a pensar que algo falta, que algo discurría por el hueco que forman sus dedos índice y pulgar. Ha sido el examinar al demonio que parece retorcerse a sus pies la clave para solucionar el enigma; en su cuello lleva un collar metálico del que sobresale una argollita, desde ahí, hasta la mano izquierda del santo, falta una cadena, y no hay como consultar los textos antiguos para encontrar la verdadera intención que nos quiso indicar el artista de la talla.

San Bartolomé partió de Roma a predicar el Evangelio en dirección a Asia, y llegó a Armenia, justo donde termina Europa. Allí, en un templo se adoraba a Astarot, un diablo muy astuto que mediante trucos y artimañas embobaba a la población con falsas curaciones y predicciones. Cuando San Bartolomé entró en aquel templo el diablo se quedó mudo e inmóvil, por lo que sus seguidores preguntaron por aquel comportamiento a otro demonio farsante, Berit. Éste les explicó que Bartolomé, apóstol del Dios verdadero, tenía encadenado a Astarot con cadenas de fuego, y que por favor no le hablasen de él, porque seguramente le hiciera lo mismo. Esa es la cadena que falta en la mano izquierda de nuestra imagen, el atributo de control del mal.

San Bartolomé tampoco falta en uno de los murales más extraordinarios de todos los tiempos. El maestro Miguel Ángel no solo lo incluyó para su trabajo en la Capilla Sixtina, sino que además lo eligió para dejar en él su firma, lo que parece su autorretrato. Hay dos versiones de este motivo, una la desgana y el malhumor del artista al afrontar la obra, y otra para poder colocarse un poco más cerca del cielo, lugar que él creía no merecía, por sentirse atormentado. Para Miguel Ángel aquella piel era la alegoría del abandono de un cuerpo inútil para que el alma pudiera llegar al Paraíso. Otra genialidad suya más.

San Bartolomé es para mi uno de los santos más curiosos de los expuestos en nuestra iglesia; para empezar este nombre es un patronímico (el hijo de Tolmai), su verdadero nombre es Natanael. Por si fuera poco, encima se recorta como san Bartolo, y quizás por la sonoridad se usa en modo un tanto burlesco y despectivo. Aún así, según el INE, 35 personas se llaman Bartolo, y 17.515 Bartolomé en España. Su festividad, 24 de agosto, ha acaparado el fervor popular ayoíno, relegando a El Salvador, verdadero patrono a fiesta de segunda clase, o de tercera, detrás de San Mamés.

Es imposible saber cómo comenzó la devoción a éste apóstol en el pueblo, sugiero podría ser una alusión a la Orden del Temple, sus incondicionales devotos, que recordamos llegaron al Monasterio de Ageo en el 1182 de forma violenta, (per ptemtiam secularem), según los textos antiguos. Yo creo que lo que hicieron fue poner orden, ya que el último Abad, Pedro Pérez, lo tuvo en propiedad hasta marzo de 1169, año en que lo abandonó sin jerarquía para irse como obispo a Coria, Cáceres. Pedro Pérez murió en 1177, dejando hasta la llegada de los Templarios Ageo sin Abad, lo que indica una situación de disputa en el control y dirección del monasterio. Ni siquiera una bula papal de Lucio III imponiendo la devolución de Ageo expulsó al Temple de estas tierras, seguramente al considerarse coto particular, en propiedad, desde la concesión de éste título a don Suero por el rey leonés Alfonso VII en 1154. En 1310, con la disolución de los Templarios, desaparece la casa monástica, y el pueblo que la rodeaba pasó a constituirse parroquia y a depender de la Tenencia de Alcañices.

Aproximadamente durante 128 años, el pueblo de Ayoó de Vidriales compartió rituales Templarios; San Bartolomé, o San Andrés, pueden ser reminiscencias de aquella época mal entendida. Por supuesto que la talla, o el lienzo de San Andrés no son tan antiguos, pero bien conocidas son las sustituciones de obras que el tiempo y el uso obligaran a la reposición. ¿Pudiera ser? Ahí lo dejo.




Detalles:





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